En la Misa de este domingo escuchamos el Sermón de la Montaña: las Bienaventuranzas. Es un pasaje que todos conocemos muy bien, en parte porque con frecuencia se elige para funerales. Lamentablemente, como mencioné en mi homilía, la razón por la que muchas veces se elige no siempre es la correcta. Como he dicho varias veces, parece que hemos perdido el sentido de lo que realmente es un funeral, y a veces esperamos que todo gire en torno a hacer un elogio—o incluso a “canonizar”—al difunto.
Yo viví algo parecido hace unos años, cuando estaba conversando con una familia sobre el funeral de un familiar que estaba por morir. Les comenté que, por lo general, prefiero elegir las lecturas de la Misa, y que eso también puede ayudar a la familia porque es una preocupación menos. Su respuesta fue muy reveladora de cómo muchos ven los funerales hoy: “¿Cómo puede usted escoger las lecturas si no conoce a nuestro familiar que está por morir?”
“La homilía, en particular, debe ‘evitar el género literario de la elogía fúnebre’ e iluminar el misterio de la muerte cristiana a la luz de Cristo resucitado,” dice el Catecismo de la Iglesia Católica (n. 1688). En otras palabras, el punto de la homilía no es centrarse principalmente en el difunto, sino en cómo la muerte y resurrección de Cristo abrieron las puertas del paraíso—para el difunto y para todos nosotros.
Además, las lecturas son una parte integral de la liturgia, no simplemente una manera de personalizar la celebración. Como con cualquier parte de la Misa, hay normas que debemos seguir. Por ejemplo, durante el tiempo de Pascua, la primera lectura no se toma del Antiguo Testamento, como sucede durante el resto del año.
La Iglesia permite que la familia elija las lecturas y, por eso, nosotros también lo permitimos. Pero si alguna vez a usted le toca organizar un funeral, no dude en dejar que el sacerdote elija las lecturas. Aquí, en la parroquia de la Catedral, normalmente ofrecemos esa opción como la primera. Tal vez no conocemos todos los detalles de su ser querido, pero conocemos a Cristo, y sabemos cómo su muerte y resurrección han ganado la salvación para su ser querido, para usted y para mí.